Toledo y San Andrés de Cuerquia: en el medio de una violenta disputa

Laura Franco Salazar y Juan David Guerra Cano

Estos municipios del Norte de Antioquia se han visto afectados históricamente por la presencia de distintos actores armados. El Acuerdo de Paz impactó significativamente la convivencia y seguridad de la región. Los homicidios son una prueba de ello.
Iglesia principal del municipio de San Andrés de Cuerquia
Iglesia principal del municipio de San Andrés de Cuerquia, norte de Antioquia.
Crédito: Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios.

El Norte de Antioquia cuenta con unas características geográficas y unas dinámicas económicas que la convierten en una zona con una histórica presencia de actores armados ilegales, lo que deja como consecuencia que sea uno de los territorios con las tasas más altas de homicidios en departamento.

Desde 2010 hasta 2018, la subregión registró 1.526 homicidios, según cifras de Medicinal y Legal y la Policía. Esto significa que hubo una tasa regional cercana a los seis asesinatos por cada mil habitantes. El cultivo de plantas de uso ilícito, su cercanía al Nudo de Paramillo (zona estratégica para el procesamiento y transporte de drogas), la presencia de megaproyectos como Hidroituango, la minería a gran escala y la presencia de distintos actores armados han hecho de esta subregión un núcleo de violencia en constante tensión.

Los municipios de Toledo y San Andrés de Cuerquia se encuentran entre los cinco municipios, del Norte de Antioquia, con la mayor tasa de homicidios registrados entre el 2010 y 2018. De los 1.526 homicidios que hubo en la subregión, 104 sucedieron en ambas poblaciones (52 en cada uno).


Los colores más oscuros indican los municipios con las tasas de homicidios más altas. 
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La época más oscura

El norte antioqueño estuvo controlado durante la primera década de los 2000 por los Frentes 18 y 36 de las Farc. Sus adversarios eran el Ejército y los grupos paramilitares, en territorios cercanos al Nudo de Paramillo. En la segunda década el conflicto se transformó y entró en disputa un nuevo adversario: el Clan del Golfo.

Durante los años 2011 y 2012, las Farc y el Clan del Golfo libraron en el norte antioqueño una “Guerra Fría”, como se le denominó en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica, Panorama de posacuerdo con las AUC (2014). “Los enfrentamientos eran mínimos gracias al respeto mutuo y la distribución de las rentas ilegales, pero en la que así mismo se aprovechaba cualquier situación de descuido para desestabilizar al adversario”, expone el informe.   

En este sentido, los años 2011 y 2012 registraron las tasas de homicidio más altas en ambos territorios. Para el primer año, San Andrés de Cuerquia, con un total de 6.342 habitantes, registró 10 homicidios. Fue el tercer municipio con la mayor tasa en la subregión: cerca de dos homicidios por cada mil habitantes. Para ese mismo año, el municipio de Toledo, con un total de 6.309 habitantes, registró nueve casos. En el 2012, el municipio con la tasa más alta en la subregión fue Toledo. San Andrés de Cuerquia fue el cuarto.

Alianzas y sustitutos: La salida de las Farc

El proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), iniciado de manera oficial en el año 2012, y concluido con la firma del Acuerdo en el año 2016, trajo durante su desarrollo cambios en las dinámicas de violencia. Hubo una disminución en los enfrentamientos, lo que benefició a estos municipios azotados históricamente.

Los ceses al fuego decretados entre el Gobierno y las Farc durante las distintas etapas del proceso ayudaron a menguar el conflicto. Las balas ya no se escuchaban con tanta constancia; los Frentes 18 y 36 transitaban con más calma por las veredas de Toledo y San Andrés de Cuerquia, mientras que el Ejército, cuya tarea fue perseguir y confrontar a esta guerrilla, respetaba los límites y los espacios en que se encontraba. En general, hubo una reducción de la violencia mientras el proceso de paz se desarrolló.

No obstante, no fue hasta el año 2016 que el municipio de San Andrés de Cuerquia registró su menor número de homicidios: hubo solo uno en todo el año. Pero en 2017 hubo siete casos y en 2018 la cifra volvió a caer a uno.

El municipio de Toledo, por su parte, inició un descenso a partir del año 2014. Desde ese año hasta 2018 hubo ocho homicidios, un promedio cercano a los cuatro casos cada año. El promedio entre 2010 y 2013 fue cercano a nueve.

El proceso de paz evitó la muerte de 2.796 personas en diez meses (entre el 29 de agosto del 2016 y el 27 de junio del 2017) en su mayoría guerrilleros, policías y militares, según el informe Paz Sostenible, presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Así mismo, en ese periodo, las muertes de civiles por el conflicto armado se redujeron en 688 casos a nivel nacional.


El proceso de paz evitó la muerte de 2.796 personas en diez meses (entre el 29 de agosto del 2016 y el 27 de junio del 2017) en su mayoría guerrilleros, policías y militares.


Toledo y San Andrés de Cuerquia no fueron la excepción. Los homicidios bajaron y se vivió un tiempo de relativa calma en los territorios. Sin embargo, a finales de 2016, y durante todo el 2017, cuando las Farc ya habían salido de la zona, el panorama cambió. De nuevo, hubo confrontaciones violentas. Inició una disputa entre los actores que quedaban en la zona (grupos paramilitares, disidencias y bandas delincuenciales) por el control de los cultivos ilícitos. Esta situación trajo como consecuencia un alza en los indicadores de violencia y la configuración de un nuevo mapa delincuencial. En la región de Antioquia que limita con el Nudo de Paramillo (incluyendo a San Andrés, Toledo, y sus colindantes), hubo un aumento de los cultivos de coca, según el informe “Monitoreo de territorios afectados por cultivos ilícitos 2016”.

Dorancé Durango, líder perteneciente a la Asociación Campesina de Ituango, afirma que “hace siete u ocho años se vivió una época de violencia muy dura entre Fuerza Pública, guerrilla y paramilitares, pero ahora el cambio va para otros términos: el enfrentamiento es entre nuevos grupos. Se pone la comunidad que no sabe realmente qué es lo que va a pasar”.

En el 2017 hubo un incremento de homicidios en San Andrés de Cuerquia y Toledo. Las calles, los vehículos y las casas fueron rayadas: “Farc E.P. Frente 36”. La desmovilización de las Farc, en el Norte de Antioquia, no sería completa. Ahora nacía la disidencia del Frente 36 y un nuevo actor, tan ambicioso como los otros, se unía a su accionar: los Pachelly.

En la actualidad: puerta de entrada del Cartel del Norte

Los municipios de Toledo y San Andrés de Cuerquia se han convertido en la puerta de acceso para la banda delincuencial Pachelly. Este grupo estableció vínculos con desertores de las Farc, que ahora hacen parte del Clan del Golfo (como alias Carnitas, Jeringa y Serpa,), según el informe Cómo va la Paz (2018), de la Fundación Paz y Reconciliación.  

Es así como el incremento de los homicidios en estos dos municipios coincide de manera directa con dos acontecimientos específicos: la salida de las Farc de los territorios en el marco del Acuerdo de paz y la posterior incursión de la banda Pachelly en el norte antioqueño, un grupo que tiene como centro de operación el municipio de Bello, pero que extiende su poder a través de alianzas con agrupaciones de todo el Valle de Aburrá.

“La percepción es la misma en todo el Norte de Antioquia, en Ituango, San Andrés, Toledo y demás municipios. Desde que se inició la zona de concentración hubo una realidad: se dio la llegada de algunas bandas como los Pachelly. A partir de que los municipios quedaron sin guerrilla, los grupos que viven del narcotráfico y la droga buscaron estas zonas que quedaron solas”, afirma Dorancé, perteneciente a la Asociación de Campesinos de Ituango.

Desde la capital del departamento, distintas bandas pusieron sus ojos en los espacios dejados por las Farc, y proyectaron su llegada a todo el norte de Antioquia y el Bajo Cauca. La salida de la guerrilla marcaría el inicio de la configuración del “Cartel del Norte”, denominado así en el mismo informe (Cómo va la paz (2018)), una asociación entre conocidos grupos del Valle de Aburrá, el Clan del Golfo, y los disidentes de la guerrilla.

Según el mismo informe, Toledo y San Andrés de Cuerquia fueron la puerta de entrada de estas estructuras de la capital: “Los Pachelly, en su alianza con las AGC, vienen creciendo y penetrando el Norte de Antioquia, están entrando por Valle Toledo y San Andrés de Cuerquia y ya se les ha visto en Briceño e Ituango”. Según Paz y Reconciliación, esta alianza fue acordada en Medellín y tiene como objetivo consolidar el Cartel del Norte de Antioquia.  

Junto con los “Pachelly”, otras organizaciones delincuenciales de origen bellanita entraron a disputarse el dominio del Norte, entre ellas “los Chatas” y “el Mesa”; grupos encargados del tráfico de estupefacientes, la extorsión y el fleteo. Toledo y San Andrés de Cuerquia son dos de los municipios en los que se ha observado su presencia, al igual que en zonas de Yarumal, Santa Rosa de Osos, Donmatías, San Pedro de los Milagros, Gómez Plata, Cisneros, Yolombó, Yalí, Vegachí, Amalfi y Anorí.

En el caso de Ituango, por ejemplo, municipio que limita por el sur con Toledo, se ha visto que “en el casco urbano el microtráfico lo manejan los Pachelly, mientras que en las veredas se vive la confrontación de las disidencias y las AGC”, añade Dorancé.

Por la misma vía apuntan los análisis de la Coordinación Colombia Europa Estados Unidos (CCEEU) Nodo Antioquia. Esta organización construye anualmente el informe “Presencia de grupos paramilitares y algunas de sus dinámicas en Antioquia”, en compañía con la Fuerza Pública, los líderes sociales, los habitantes de los municipios, y la Defensoría del Pueblo. Pues bien, para el 2017, afirman, la distribución de las rentas criminales en el Norte del departamento se habría dado de la siguiente manera: “en el Norte, las AGC hacen presencia en 16 de los 17 municipios, no se registran en Carolina del Príncipe. Los Pachelly se han asentado en Ituango, Briceño, Campamento, San Pedro de los Milagros, Toledo y la zona de rural de Valdivia. Los Chatas, El Mesa y Pachelly, en coordinación con las AGC, hace presencia en: Entrerríos, San Pedro de los Milagros y Yarumal”.

Hidroituango: una extensión de la violencia

El fortalecimiento de las estructuras criminales en Toledo y San Andrés de Cuerquia se ve complementado con la debilidad estatal en estos municipios. Se trata, en realidad, de localidades alejadas, que solo adquirieron importancia para las entidades gubernamentales a raíz del desarrollo del proyecto Hidroituango: un factor que se suma al ya mencionado panorama delincuencial de estos dos municipios.




“Después de esa represa fue que vinimos a ver lo de las masacres que hubo, el aumento de los desplazamientos, la pérdida de los trabajos. Hidroituango está a todo el frente de Toledo, el embalse separa Toledo con Ituango. Eso nos afecta demasiado”.  

Gabriel Callejas, líder articulado al Movimiento Ríos Vivos

Gabriel Callejas, líder articulado al Movimiento Ríos Vivos en el municipio de Toledo, frente a las consecuencias que trajo el inicio de Hidroituango, menciona: “Sinceramente después de esa represa fue que vinimos a ver lo de las masacres que hubo, el aumento de los desplazamientos, la pérdida de los trabajos. Hidroituango está a todo el frente de Toledo, el embalse separa Toledo con Ituango. Eso nos afecta demasiado”.  

La cercanía del proyecto ha motivado acciones violentas en los municipios cercanos. El último hecho se registró en julio del 2018, cuando un bus en el que se transportaban operarios de la empresa fue atacado a tiros, al pasar por zona rural del municipio de San Andrés de Cuerquia. En otra oportunidad, un mes antes, se supo de la quema de un helicóptero que prestaba servicios al proyecto hidroeléctrico. Así, los distintos intereses y actores que confluyen alrededor de este megaproyecto, despliegan otra sombra de violencia sobre los municipios aledaños como Toledo, Briceño, San Andrés de Cuerquia y Valdivia.

La presencia estatal en estas zonas se ha limitado al aprovechamiento de los recursos de estos territorios en pro del desarrollo económico y empresarial, llevando consigo un incremento en la violencia y no soluciones efectivas a sus necesidades reales. Tal como lo menciona el CCEEU, en su informe “Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002-2010”, Toledo, San Andrés de Cuerquia y Briceño no cuentan con una economía dinámica, en primera instancia por lo incomunicados que se encuentran con la capital antioqueña, y en segunda, por el bloqueo que ejercen los grupos armados ilegales, lo que les impide comercializar sus productos limitando así sus posibilidades de desarrollo.

Además, el desamparo estatal se refleja en las nulas garantías de seguridad para los líderes campesinos. “Aquí uno no tiene protección del Estado, aquí a uno lo matan y listo, se acabó, no se supo quién fue. Si uno pone una queja le dan miles de vueltas al asunto y no se llega a ningún lado. Uno como líder en la zona corre mucho peligro”, afirma Gabriel. Así mismo, Dorancé manifiesta: “yo ejerzo mi labor como líder por deber y por derecho, uno lleva la lucha ahí, pero las garantías de seguridad uno no las tiene”.

La violencia ha podido transformarse y desarrollarse enmarcada en la ausencia estatal. Toledo y San Andrés de Cuerquia lo evidencian a través de la rápida cooptación de espacios que hubo luego del desarme de las Farc. En 2018 hubo, de nuevo, cuatro casos de homicidios en Toledo y uno en San Andrés de Cuerquia. El 2019 inició con 3 homicidios en Toledo.

El incremento en los últimos años, así como los casos que se han registrado últimamente, son el resultado de una conexión entre los elementos que conforman la realidad de estos territorios: estratégicos para las economías ilegales, con una débil presencia estatal y con problemas de acceso. Finalmente, a raíz de estas situaciones, y al historial de violencia de la región, se ha evidenciado la llegada de grupos de origen urbano, como la banda Pachelly, que no solo buscan el control del mercado de estupefacientes en otras zonas del país sino también la expansión de su accionar.  

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